Armando Rojas Guardia

Poeta y ensayista (Caracas 1949). Fundador del legendario Grupo Tráfico. Es una de las conciencias poéticas más lúcidas y, quizá por el mismo motivo, más desgarradas de Latinoamérica. Su obra, donde la poesía adquiere con frecuencia un matiz reflexivo y, en contraste, los ensayos están penetrados por la sensualidad feroz de la poesía, da cuenta de un incesante diálogo entre lo profano y lo sagrado, lo trascendental y lo efímero, lo sublime y lo lascivo, tal vez porque el origen judeo-cristiano se transmuta en el poeta en un creciente sentimiento de culpa, solo purificable por la acción de la belleza. Gracias a ello cada uno de sus libros semeja una primorosa herejía: Del mismo amor ardiendo, Yo que supe de la vieja herida, La nada vigilante, El principio de la incertidumbre, Quebrada de la virgen y Hacia la noche viva, son algunos de sus poemarios. Caleidoscopio de Hermes y el Dios de la intemperie muestran su capacidad ensayística, pero los unos juegan con los otros, intercambiando sus antifaces, sus armas y sus reglas de juego.


POEMAS I Y II DE "LA NADA VIGILANTE"

Espero al poema
como aguardo el placer al inicio de la cópula,
lentísimo, fértil.
Espero al poema atisbando su llegada
en el ápice mismo donde cruje
y levanta las alas.
Espero al poema adviniéndome,
pulsándome desde el vacío mental,
demorándose bajo la red de mis nervios
inmóviles como la página blanca
que me arde en los labios.
Espero el poema, su olor difícil
en la pulpa del deseo,
su ráfaga entre las grietas de la atención,
su pausa virgen que la letra goza.
Espero al poema con los ojos de mi madre,
ávidos desde la muerte.


***

El poema imposible
me desgasta de antemano.
Deletreo sus sílabas sin saberlas,
dispuesto sólo a un aire diáfano
moviéndose en mi boca para nadie.
Tanteándome roto de palabras
voy dejando que crezca en mi costado
un florecimiento de mudez
donde rebrille la atención inmóvil.
Está hueca la voz
como un nombre de cadáver
pudriéndose en el centro de la página.
Pero me acostumbro al jadeo
a la ronca lisura.
Nada hay detrás del pensamiento,
nada en estas metáforas,

apenas la exacta vigilia
para otear cómo brota inalcanzable
el cactus del poema.

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