Premio Internacional de Poesía “Valera Mora”

Jotamario Arbeláez

Por Fabio Martínez
Escritor colombiano

El Nadaísmo caleño se reunía en los años sesenta en la Librería Nacional de la Plaza de Caycedo a leer sus manifiestos y a escandalizar a una sociedad cerrada que acababa de salir de la violencia de los años 50 y se preparaba para vivir una década llena de sueños y utopías.
Al mando de Jotamario Arbeláez, Elmo Valencia (el Monje loco), y Armando Romero, este grupo de jóvenes iconoclastas solían recibir a Gonzalo Arango, Eduardo Escobar, X-504, Cachifo y Amilcar U., que bajaban de Medellín hasta el Valle, y bajo la brisa fresca que descendía de los Farallones, se reunían en el parque La María a leer a Camus, Sartre y a la generación beat compuesta por Jack Keroauc y William Burroughs.
La lectura en el parque se hacía bajo el aroma seductor de Marie Jane, la dama de los cabellos ardientes.
El Nadaísmo en Colombia surgió como un movimiento de ruptura frente a un país profundamente religioso y conservador, que se resistía a abrirse ante el mundo. Era la época gloriosa de la revolución cubana, el rock, la música antillana, el hippismo y la literatura del ‘boom’ latinoamericano.
«En esta época en que la mentira está convertida en orden no hay nadie sobre quién triunfar sino sobre uno mismo». Así rezaba el Manifiesto Nadaísta de 1958, escrito por Gonzalo Arango.
En Cali, el escándalo más sonado que hicieron los Nadaístas fue cuando quemaron la novela María de Jorge Isaacs, en el Paseo Bolívar. Con este acto, el grupo pasaba a identificarse con los bomberos de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, que en su famosa novela tienen como objetivo central, atizar el fuego. Esta actitud pirómana de los Nadaístas hay que comprenderla en el sentido de que lo único que deseaban en aquellos años era incinerar el establecimiento con todos sus ídolos y sus emblemas patrios. Y Jorge Isaacs, independientemente de su calidad como novelista y su reconocimiento universal, no era la excepción. Desde la Constitución de 1886, Isaacs fue introducido en el establecimiento como un «autor romántico y lacrimógeno», desconociéndose así la profunda dimensión de su vida y su obra.
Los Nadaístas, que se iniciaron en la época del fuego, iban a sufrir en carne propia la historia de un país incendiado, que comenzó a arder de nuevo, justamente, al día siguiente que Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez se sentaron a pactar la falsa paz en las ciudades mediterráneas de Sitges y Benidorm.
El sueño utópico que alguna vez añoró la generación del sesenta quedó enredado en los subterfugios insondables del olvido.
Después de esto, influenciados por Henry Thoreau y por la fama de la cannabis sativa que se cultiva en el mar Caribe, emigraron a la isla de Providencia. Allí, entre ellos, iba un joven poeta llamado Samuel Ceballos, que como el autor de Odisea de la luz, René Rebetez, se quedó a vivir para siempre en el mar de los siete colores.
Hoy, el Nadaísmo cumple medio siglo de existencia. Son 50 años de luchas poéticas, de escándalos y confrontaciones.
Como producto de una sociedad polarizada, el Nadaísmo no ha sido ajeno a la crítica de mala fe y al insulto incendiario, que hoy se promueve desde Palacio.
Dobles y mandobles, a los que estamos acostumbrados en el país, donde la crítica seria y con argumentos se ha rebajado -como la guerra- para darle paso a la calumnia y al improperio.
Pero allí sigue el Nadaísmo. Vivito y coleando. Con novelas como Isla nada y La rueda de Chicago de Elmo Valencia y Armando Romero. Con Poemas como «Santa Librada college» y «La casa de la memoria» de Jota Mario, que escritos en un lenguaje coloquial, le cantan al origen y a la infancia.
Jota Mario Arbeláez acaba de ser galardonado con el Premio Internacional de Poesía ‘Víctor Valera Mora’ de Venezuela.

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