Sobre una orgía poética

Por Luz Helena Cordero

Cuenta con mi firma en este frente común contra la “paraintelectualidad” y las posturas maldicientes, siendo Harold Alvarado Tenorio uno de sus adalides más destacados, aunque no el único. En nuestra triste mediocridad artística e intelectual pululan las diatribas, los odios, la zancadilla, los egos que se alimentan de la crítica venenosa, los círculos del elogio y del insulto, las cadenas y los grilletes, la apología a la ruindad, la ofensa a la poesía. Quienes hemos vivido el Festival de Poesía de Medellín estaremos por siempre conmocionados por ese insólito prodigio, por esa suerte de orgía poética que resulta inexplicable con argumentos racionales. Las “fuerzas ocultas” que mueven el Festival, no pueden ser otras que el poder de la palabra poética para derribar la infamia y construir el mundo que soñamos bello y digno. El Festival de Poesía de Medellín no es una institución con nombres y apellidos, es un ritual que convoca a quienes creen en la realidad poética, es la gente que se aglomera en los parques y se desespera por escuchar; gente que exige poesía, que grita versos como si fueran consignas contra el mal; la misma gente a quien la lluvia no ahuyenta sino que se ovilla bajo los paraguas o se abraza a los árboles para seguir escuchando, la que oye con el mismo respeto un poema magnífico o las estrofas armadas de afán para elogiar al auditorio. En todo caso las críticas o las condecoraciones al Festival no pueden desconocer este fenómeno conmovedor que tampoco se explica con estrategias publicitarias. Ser poeta no es escribir frases en escalera. Ser poeta es creer en el poder de las palabras y cuidarse de utilizarlas como armas de mezquindad. Hacer poesía no es solo escribir poesía. Hacer poesía es una postura frente al mundo.

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