El melodrama y la simplicidad

Por Gabriel Arturo Castro

Hallamos ejemplos de ciertas obras, narrativas, en su mayoría, que constituyen una forma de comercio: la promoción de ciertos nombres, creadores de una literatura ligera, de distracción, de lectura fácil; obras lanzadas al mercado “con los mismos fines de lucro que una marca de jabón o de pasta dentífrica”. Sobre este fenómeno de efectivo marketing, es menester indicar la relación que existe entre publicidad y literatura, siendo esta última, en casos muy destacados, una criada del comercio. Muy pocos autores escapan a la maquinaria de muchedumbres. Lo que le importa a las grandes editoriales, además de vender, es generalizar la lectura como un acto de entretenimiento puro, disfrute y recreación. Nada de reflexión, imaginación profunda y creación trascendente. Es el tiempo de los escritores cortesanos, los que escriben para satisfacer las demandas exteriores, lo que la moda, el mercantilismo y las instituciones oficiales definen. Basta con observar las obras o productos que ofrecen: manida e irregular literatura. Luego de su lectura es posible asegurar las serias limitaciones que dichas obras poseen en cuanto a arte narrativo: su falta de equilibrio estructural, la ausencia de articulación de los sucesos, la incoherencia de ciertos personajes y acontecimientos.

A primera vista la armazón de las obras posee elementos sueltos o gratuitos. No hay una clave de composición que les de coherencia. La dispersión es su característica. La unidad orgánica se sacrifica tras la simplicidad, dado que el conjunto de recursos estilísticos es bastante restringido.

Su técnica consiste en relatar, lineal y escuetamente, episodios vividos por un narrador, en forma continua e irreversible. No existe ninguna modalidad divergente frente a la labor directa de narrar, ni artificios, modos o requerimientos de composición. Más que el aspecto formal, a los autores les importa fijar la sustancia narrativa, es decir, la suma de anécdotas, sucesos y percances, fenómeno llamado narración por acumulación, reunión de información, mero registro de hechos (escandalosos, pornográficos, casi siempre), sumatoria de ellos. ¿Escasez de recursos, falta de talento artístico, ausencia de ingenio, poco dominio del oficio, precocidad natural, actitud ingenua?

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Decíamos que hay lecturas de obras narrativas, las cuales dejan una gran preocupación relativa al tratamiento del escrito y su escasa calidad en cuanto a producto artístico literario. No pasan de ser simples textos donde se reproduce indiscriminadamente una serie de exposiciones, vagas indicaciones, haciendo gala de un discurso ordinario, referencial y conversacional, tributario a su vez de las demandas de ciertas novedades impuestas. Es decir, no son más que una descripción de sucesos, representación que carece, por el contrario, de una estructura narrativa que procure el equilibrio entre la realidad y la utopía, lo evasivo y la fábula.

Pareciera que el autor inventara una historia o una sucesión de acontecimientos concatenados. Pero la narración acaba por convertirse en reproducción de la realidad, porque la parte interpretativa de esa realidad se encuentra ausente, o sea, el modo específico y especial de enfocar o ver el mundo. No hallamos la “verdad subjetiva” del creador, el papel de la imaginación que se una al potencial de vitalización para producir unos efectos más plenos en la invención narrativa. Comprobamos que la obra no es fruto de una experiencia única, no repetida, no copiada, resultado de una convicción íntima, personal y nueva. Olvidan los autores que la auténtica literatura artística “se da únicamente cuando hasta lo más exterior tiene una significación interna, y cuando hasta lo más íntimo se convierte en forma”.

Sólo les importa la exactitud realista y no el balance necesario entre la verosimilitud y la inverosimilitud. El elemento realista está sobredimensionado más no la instancia espiritual, lo que llamamos la configuración libre de los elementos de la vida real, dotados de afecto e imaginación. Existe una captación directa de la realidad, pero dicho empirismo jamás se transfigura con el fin de construir seres y ambientes con algún gesto de irrealidad, acto vinculado con la invención.

Es una escritura carente de meditación y de reflexión, y por lo tanto de indagación y talento.

La ausencia de unidad de la narración produce episodios innecesarios y digresiones inútiles. Es notable también la escasez de recursos estilísticos para llevar a cabo la recreación artística, hecho que impulsa al texto a convertirse en una exposición lineal, sin la suficiente dimensión humana de los hechos, originalidad, intensidad y variación de los objetos, sucesos y sujetos representados.

El argumento es entendido como mera sumatoria de informaciones. Los contenidos son simples, pues los acontecimientos reales o ficticios carecen de una elaboración filosófica o de sustancias psicosociales o psicofisiológicas de profundidad.

Es tan limitada la concepción de la obra que el argumento no ordena las secuencias hacia un clímax. Al no existir fuerzas internas, el conflicto se identifica con lo externo, provisto de un desarrollo previsible a través de los episodios, acontecimientos, incidentes y escenas.

El asunto que inspiró directamente a la narración es común, unido a ello la poca habilidad en el manejo y originalidad de su tratamiento. Deducimos que la “materia prima” no se vincula con sus propias observaciones y vivencias interiorizadas, es decir, los hechos no hacen parte de su experiencia.

La formulación del tema o idea fundamental es vaga o imprecisa. Los detalles sobresalientes no se justifican y las contradicciones afloran, por lo que la estructura total de las obras se torna incoherente. De tal forma que los acontecimientos y los detalles no contribuyen a la comunicación del tema central, no producen un efecto explícito ni simbólico.

Pareciera que son suficientes para los autores los estímulos externos, sus fuentes de información. La tensión nunca aparece debido a la superficialidad de las acciones.

La intención es describir en forma casi fotográfica las situaciones de un espacio. Aquí prima la oralidad (escriben desde el modo común del habla), sin intentar apropiarse de los recursos estilísticos de la novela. Dicho con otras palabras, la narración corriente semiliteraria (relato oral) y las distintas formas del discurso autoral, literario pero extra artístico (razonamientos morales, las descripciones sociales y los excesos retóricos), no se estilizan al entrar en la obra, ni se conjugan en un sistema artístico. Como estas dos unidades, lo oral y lo autoral extra artístico, no se juntan y tampoco se subordinan al conjunto, ellas quedan independientes. Todo queda fragmentado: el habla estilísticamente individualizada del protagonista, el relato de tipo oral del narrador, el léxico, la jerga, las descripciones, en fin, impidiendo la construcción y la revelación del sentido único de la obra, de la totalidad.

Descubre lo anterior una incapacidad para ejercer el dominio de la palabra artística (la forma interna de la palabra), la prosa de la obra (que no es estándar sino artística), de tal modo que se le niega su valor artístico y estético, concediéndole a ella únicamente un determinado valor retórico, perteneciente más a una preocupación moral y especulativa, sin interés en la forma y estructura, en la cohesión de la obra. El texto se limita a ser una larga conjetura o una suposición arbitraria, desordenada. La palabra así concebida no posee intrínsecamente la dialogalidad, la reflexión, el conflicto y la contradicción, emanados del desarrollo de los distintos elementos de la obra.

El escritor se adhiere pasivamente al mundo que representa a través de una palabra directa, inmediatamente dirigida hacia su objeto. Es una palabra objetiva que a veces determina socialmente a los personajes o a las circunstancias, o en otras determina fugazmente el carácter de los mismos. ¿Pero dónde está la palabra ajena, la orientada al menos hacia dos voces?

Como no se disminuye nunca la objetividad, la voz del narrador es única e incólume. No hay estilización, relato del narrador ni un personaje portador de las intenciones del autor u otros personajes que transmitan una palabra con variaciones de acento; una réplica del diálogo; un diálogo oculto o un espacio auténtico para la palabra ajena y su influencia transformadora.

Dada su superficialidad, contemplación, facilismo y poca elaboración, es un ejemplo y una lección clara de cómo no ejercer el oficio literario.

* Poeta y ensayista colombiano

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