Poesía y Exilio: Un tributo a Mahmud Darwish y a Edward W. Said

Darwish

Por Luis Alejandro Contreras *

Siempre he albergado la presunción de que es en los confines, márgenes y pliegues y no en medio del fasto de los ejes de poder desde donde el ser humano puede fraguar mayores cuotas de ventura interior e, incluso, de sensatez en lo que atañe, precisamente, a su destino como integrante de su estirpe.
Las altisonancias de la vocinglería política globalizada han hecho cuño en las desguarnecidas conciencias de los ciudadanos del orbe, quienes no se percatan (o no terminan de convencerse) de ser naturales residentes del mundo, como genuina y cabalmente son. Compran a sus prójimos, sin advertirlo, semillas de desmembración, en cada consigna que acogen como suya. En las sectas de los denominados líderes “políticos” se guarece toda una gama de existencias de valores retorcidos, si es que pudiéramos apreciar como valor éste o aquel atributo que engalana a un expoliador o a un fantoche, a un asesino o a un cultor de represivos credos. Los bienes de la humanidad les tienen sin cuidado, todo lo desprecian, desde lo que tan bellamente Alfonso Reyes nominara como “dulzura ambiente” hasta las más desprendidas creaciones de la humanidad. La poesía es para tales existencias una pérdida de tiempo. No hay en sus oídos ni en sus corazones permeabilidad para recibir el canto panteísta que alienta en la poesía. Porque, cuando se la ha enunciado con honradez, la poesía es canto pánico: ha partido de un alma que anda en pos de una recomposición de ese desmenuzado todo del que el hombre es simple brizna.
Y si la poesía ha vivido perdurablemente en el exilio del humano corazón es porque el hombre, por lo general, se proscribió de la naturaleza. Quien canta al todo alojado en la hoja estremecida por la brisa o en los insondables claroscuros del firmamento, canta al alma alojada en cada partícula del cosmos. Whitman fue uno de los más diáfanos rotuladores de ese mensaje que los hombres, congregados en hordas, se han empeñado en acallar (en sí y en los demás). Y en virtud de ello fue, en cierto modo, un exiliado. Muchos han pretendido exiliar su poesía. Incluso poetas. Pero la poesía no es exiliable, a despecho de la diferencia de matices que cultiven sus cantores. No hay mayor mal que aquel de acostumbrarse a formar filas. Y los poetas no son mera minoría; son, también, lo expurgable, el aborrecido ácaro tras el lóbulo de la oreja. Pero la poesía es mística emanación, anti-poder que arrostra las bajezas del poder encarnado en la efigie de los asesinos. La poesía no se conforma con mirar al tronco, contempla el envés de la hoja, escucha el diálogo del ramaje con el viento y, en ocasiones, les entabla conversación. Poesía es voz del margen y voz de orilleros, floreciendo en estepas apartadas del poder; no mandamiento navegando en los buques que desde una columna vertebral se despachan a ultramar con las más insólitas y descabelladas misiones. Claro, se puede vivir en las estepas y a pocas millas de una casa de gobierno. No es un asunto de cuantificable distancia. Se trata más bien de aquel incuantificable trecho que se suscita en el corazón de quien no se ha dejado secuestrar por la desdicha del rencor o del resentimiento. El Tao-Te-Ching nos habló de un pequeño reino (acaso una comarca) circundado por laderas y del bien que se prodigaría aquel ciudadano que no se preocupara en cruzar sus cuestas para conocer el reino que bullía allende las montañas. ¿Qué quiso decirnos ese poema ancestral? ¿Que nos conformáramos con nuestra miseria? ¿Qué acalláramos nuestra vital curiosidad? ¿Qué nos tornáramos seres pusilánimes? Lo dudo. Ponía un dedo en la llaga fatal de seres amañados por su propia villanía. No intentaba poner límites al vivir, al contrario, pretendía que percibiéramos y viviéramos conforme al pulso de la vida (llamémosle afluente, dragón o cosmos) y abatiéramos la quimera del yo.
El poeta Mahmud Darwix (Al-Birwa marzo 13 de 1942 - Houston agosto 9 de 2008), acaba de morir. El nació en un pueblo sin más armas que las de su ancestral cultura. Vivió doblemente exiliado. Partió en pos de otros derroteros llevándose su comarca en el pecho. En su corazón levantó las laderas del reino perdido. Y he dicho doblemente porque, aunque haya sido un poeta reconocido en Europa, amén del mundo árabe y de sus conterráneos palestinos, debemos aceptar con franqueza y humildad que poesía no es valor que el hombre moderno privilegie en el seno de su inerme corazón. Queremos honrarle un recatado tributo a este poeta, al reproducir uno de sus poemas, que precisamente nos habla del exilio.
Les dejaremos con aquel texto, no sin antes anotar dos cosas más. Primeramente, que hemos de agradecer la abnegada labor de traducción que ha acometido Luz Gómez García con la obra de Darwix y, luego, que no podríamos despedir estas líneas sin dejar de hacer la siguiente acotación: cuán sugerente nos parece el que ciertos planteamientos de Darwix se entronquen con los de su amigo Edward W. Said, otro exiliado palestino, sutil intelectual cuya obra no dejamos de encomiar (ambos fueron a vivir y/o a morir en esa desmesurada entelequia del poder que son los Estados Unidos, paradójicamente, hogar de incontables refugiados). Ambos, nacidos al margen de los poderíos terrenales -hablando en términos geopolíticos, claro está, y no culturales-, hallaron un coincidente modo de zurcir que a mí me luce supremamente sugestivo en un mundo tan despersonalizado por el espejismo de la globalización. Said expresó en alguno de sus ensayos que, en la hora presente (él falleció en el 2003), ya no podemos albergar la esperanza de que figuras señeras o prestigiosas del humanismo vengan a abrirle los ojos a sus prójimos en defensa los bienes de la cultura ante una amenazante barbarie. Said pronosticó que es el intelectual colectivo el llamado a imponer curativas manos sobre las llagas que la barbarie estampa en nuestras humanidades. Darwix exhibió un planteamiento afín al abordar la figura del poeta colectivo en una de las entrevistas que concedió: “…Tú no puedes entrar en este mundo de la poesía con nacionalidad…” Y luego agregó: “…No hay un poeta libre de otros poetas, es posible que cada poeta sea todos los poetas, si su trabajo es serio…” Qué lecciones transpiradas del humus que brota en los confines, aquel que vino a ser padre y madre de toda humildad y de toda humanidad.


SIN EXILIO, ¿QUIÉN SOY?
De Mahmud Darwix (1999)

Extranjero a orillas del río, como al río... me ata
a tu nombre el agua. Nada me devuelve de mi lejanía
a mi palmera: ni la paz ni la guerra. Nada
me incorpora a los Evangelios. Nada...
Nada brilla mientras sube y baja la marea
entre el Tigris y el Nilo. Nada
me apea del bajel de Faraón. Nada
me tiene o hace que yo tenga una idea: ni la nostalgia
ni la promesa. ¿Qué haré? ¿Qué
haré sin exilio, sin una larga noche
que escrute el agua?
Me ata
a tu nombre
el agua...
Nada me lleva de las mariposas de mi sueño
a mi realidad: ni el polvo ni el fuego. ¿Qué
haré sin la rosa de Samarcanda? ¿Qué
haré en una plaza que bruñe a los rapsodas con piedras
lunares? Tú y yo nos hemos vuelto tan ligeros como nuestros hogares
a merced de los vientos lejanos. Hemos trabado amistad con los raros
seres que habitan las nubes... Nos hemos liberado
del peso de la tierra de la identidad. ¿Qué haremos... qué
sin exilio, sin una larga noche
que escrute el agua?
Me ata
a tu nombre
el agua...
Sólo tú quedas de mí, sólo
yo de ti, un extranjero que acaricia el muslo de su extranjera: Oh
extranjera, ¿qué vamos a fabricar en esta calma
que apuramos... en esta siesta entre dos mitos?
Nada nos tiene: ni el camino ni la casa.
¿Fue este camino así desde el principio,
o acaso nuestros sueños hallaron una yegua
de los mongoles sobre la colina y nos sustituyeron?
¿Qué haré?
¿Qué
sin
exilio?


* Poeta venezolano

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