El show de las lágrimas

Por Carlos Fajardo Fajardo*

En la escena mundial contemporánea, nuevos autoritarismos han surgido propagando una cultura global perversa que impacta las sensibilidades, se incuba en las instituciones, alimenta la virulencia de un individualismo insolidario. A la cultura actual la envuelve una atmósfera de competencia que introduce la idea de la inutilidad de la acción civil y de las protestas comunitarias-solidarias, imponiendo un egoísmo intimista y cierto onanismo autista. En este ambiente no hay espacios para la sospecha ni para la duda, no existe aire para exigir transformaciones.

La globalización ha creado escenarios perversos, los cuales se constituyen en industrias de fabulación. Como fábula, la globalización económica y cultural, proyecta un mundo de ilusión espectacular, tal como los medios nos lo hacen ver. Sin embargo, al desmontar esta industria de fabulaciones y de mentiras encontramos el verdadero rostro de la era global e imperial: la legitimación de los asesinatos y del uso de la fuerza; las invasiones de los bárbaros poderosos, las privatizaciones en red, el hambre, los desplazamientos, las emigraciones y exclusiones en masa, la mortalidad infantil, la pobreza, la proliferación del desempleo, las falacias de un sistema edificado sobre la doctrina de la competencia, finalidad política-económica que justifica la práctica de cualquier medio. Cuando la realidad presenta esta cara siniestra, es maquillada con una luminotecnia voraz publicitaria.

Por su lógica de travestismo político, la perversidad de la globalización impone el cinismo como ideología, lo cual es visible en ciertas sensibilidades camaleónicas que se infiltran en los entramados del poder, buscando ser aclamadas y aceptadas, aprovechando los acontecimientos más propicios para engrandecer su imagen. Estas personas chupan la sangre de sus jefes, no para debilitarlos sino para elogiarles la inagotabilidad de su potestad. Se constituyen en los mejores propagandistas de las acciones de los poderosos, ayudan a fortalecer más la perversidad del statu quo.

Con fuertes garantías económicas, los medios donan diariamente el alimento para que esta ideología del cinismo perverso no muera de inanición. El show de la perversidad global se muestra entonces en aquella cultura de ídolos y fetiches impuesta por la tiranía de la farándula y del mundo de las finanzas. Los artistas, ricos y famosos, ganan imagen en tanto más autoritario y trágico se vuelva el ambiente internacional. Cualquier catástrofe natural y social, cualquier drama comunitario, les sirve a los famosos para crear espectáculos y sacar a relucir su afán de altruismo humanitarista, que no solidario. Ante el dolor de los otros, se transforman en mercaderes de cadáveres. El llanto y la pobreza de sus semejantes les garantiza actualizar la vitrina con sus mercancías para futuros consumidores, mantener una imagen de rico y famoso condolido, promocionar el show de sus lágrimas. Así, el dolor se convierte en una perversidad infame, puesto que es el egoísmo competitivo e interesado, y no el humanismo solidario, el verdadero motor de estas industrias del ocio.

Es una guerra de imágenes la que se inicia entonces. Guerra entre ricos y afortunados por mantener el raiting a costa del sufrimiento y la orfandad de los excluidos. Esta perversidad se proyecta en los medios al lado de la lumínica y excesiva pomposidad ligth. Los medios entonces, combinan, mezclan y fusionan la imagen mítica, bella y pulcra de los famosos con la crueldad del hambre, de las guerras y las catástrofes producidas por la globalización imperial.

Existen, sin embargo, otras formas de perversidad mediática. Es cuando la morbosidad de los acontecimientos entra en escena, adueñándose del acto central. El show y el shock de la perversidad global proyectan en los medios los terrores de la realidad como seductora pesadilla. Se impone así algo perturbador: la obscenidad ante el dolor del otro. Este realismo extremo se nos vende como una agresión institucionalizada por el mercado de la violencia, al cual nos acostumbramos cada día, deseando su constante presencia. Entonces el cadáver putrefacto y su yerta imagen, los horrores ante el huracán y el terremoto, el largo llanto del desplazado y del secuestrado, la mueca de dolor del emigrante, la impunidad de la víctima, llegan al éxtasis, produciendo entre los consumidores una catarsis surgida de los cataclismos de una cotidianidad adversa.

Para mantener viva la audiencia e imponer lo exigido por el mercado, la globalización, aliada con el sensacionalismo publicitario, teatraliza tanto las fingidas lágrimas de una farándula perversa, como los rituales de la ignominia y de los tormentos cotidianos.

* Poeta y ensayista colombiano

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