Bogotá en Braille

Por Leonardo Gil*

La crónica es quizá el género que más fascinación produce entre los jóvenes periodistas colombianos, tal vez porque desean atrapar una realidad total, distante de la que reflejan los medios convencionales, y donde el quehacer y la aventura del hombre no parecen quedar sino fragmentos. La siguiente pieza –prueba de un rastreo que combina la percepción subjetiva con la investigación , los guarismo y la comprobación fáctica– fue escrita en el curso de nuestro diplomado La Imaginación periodística, por Leonardo Gil el joven y talentoso director de la revista cultural El Ático, quién se decidió a trasbordar de los temas estéticos con maravilloso resultado.

«Todas las cosas tienen una presencia —Comenta Michael a su profesor de español—, es como si las percibiera con el tacto de mi rostro antes de estrellarme con ellas. No sé si me entiende, pero yo las puedo sentir. Eso me salva cuando el bastón no alcanza a detectar lo que está frente a mí mientras camino…» La conversación sigue, Michael la alimenta, como queriendo postergar la evaluación oral que tiene que presentar para cerrar el primer periodo del grado noveno que cursa en un colegio del noroccidente de Bogotá.

¿Ha salido usted de madrugada a la calle, siguiendo la ruta que usa todos los días para coger el bus, recorriendo los mismos andenes de siempre, esquivando bolardos, tropezando hasta llegar a la parada de rigor en la avenida que despierta entre pitos y luces? ¿Ha contado alguna vez cuántos pasos se requieren para atravesar una avenida completa o la cantidad de peldaños de subida y bajada que hay en su camino? Como usted, una persona ciega se enfrenta al malabarismo urbano del día a día: también le coge la tarde, también se levanta con el pie izquierdo, también se enfrenta al bolardo que, además de sorprender personajes incautos, ha aprendido por alguna extraña razón, a esquivar bastones. Como cualquiera, es uno más de esos diminutos seres moviéndose a tientas en la ciudad que, mirándola de soslayo recordaría el más intrincado de los laberintos de Escher.

Un ciego diariamente se ve en la obligación de contar esquinas, peldaños, paradas y demás para ubicarse espacialmente, desde la distribución de la casa hasta el recorrido del bus; ésta es una tarea tan cotidiana como peinarse, afeitarse o maquillarse. Porque las mujeres ciegas también aprenden a maquillarse: es sólo cuestión de escoger tonalidades suaves y distinguir por la forma del empaque o un desgaste particular los cosméticos, saber cuáles combinan, y aplicarlos teniendo muy en cuenta los delicados contornos del rostro.

Mientras una persona que ve pone sus cinco sentidos en la leche que hierve para apagar la estufa antes del desastre y luego buscar por ahí el cuchillo que inexplicablemente desapareció de las manos, un ciego debe aprender a desenvolverse perfectamente en la cocina a punta de olfato, oído, tacto y, sobre todo, memoria. Y ni hablar del manejo del dinero: actualmente, los billetes tienen rasgos táctiles distintivos: en la esquina superior derecha de su papel de cambio, Gaitán tiene un cuadrado, Santander un triángulo y “la Pola” un círculo con filigranas indígenas. En cuanto al billete de veinte mil, la luna del centro es un poco más áspera que el resto del billete; el de cincuenta mil tiene escrito el número 50 en Braille. Al guardarlos en la billetera usan un pliegue específico para cada denominación.

En la calle su concentración debe enfocarse en escuchar cuidadosamente el entorno con el fin de percibir cambios en el paisaje que están más allá del bastón con el que avanzan a tientas por la calle: espacios como puertas abiertas, callejones, muros en frente a varios metros de distancia y demás, alteran perceptiblemente el sonido de carros, voces y pasos. No es cierto el mito según el cual un ciego desarrolla más los otros sentidos. La verdad es que su concentración no está puesta en la vista sino en el oído o el tacto; pura cuestión de aprendizaje y práctica.

Es posible distinguir dos tipos de Personas con Limitación Visual (PLV): Ciegos y personas con baja visión; una persona que tiene baja visión es aquella que, después de recibir el mejor tratamiento posible (anteojos, lentes de contacto, cirugía etc.), aún posee una reducción de la agudeza o el campo visual que le dificulta realizar actividades de la vida diaria, aunque pueda planificar y realizar tareas. La agudeza visual de alguien con baja visión parte desde 20/60, esto es, que ve a 20 pies (6 metros) las cosas como si estuvieran a 60 pies; y puede empeorar hasta llegar a 20/1250, es decir, que las cosas que están a 6mts., se ven como si estuvieran a 375mts. En cuanto a las personas ciegas, hay quienes pueden percibir rastros de luz y sombra y quienes, sencillamente, no ven nada.

De los más de 6’500.000 habitantes que tiene Bogotá, el DANE dice que 12.084 son PLV, y el Instituto Nacional para Ciegos (INCI) establece que la cantidad de ciudadanos con al menos una limitación permanente alcanza los 331.301.

La ceguera ha sido durante cientos de años fuente inagotable de mitos y apreciaciones literarias fantásticas, como la leyenda del sastre Peeping Tom, quien quedó ciego tras violar el acuerdo de no asomarse a las ventanas mientras Lady Godiva, esposa del conde Leofric de Mercia, cabalgaba desnuda por las calles para convencer a su marido de que bajara los impuestos de la ciudad; el “Informe sobre ciegos” de Ernesto Sábato, donde los ciegos pertenecen a una logia secreta que mueve de manera macabra los hilos del mundo; la alegoría de la caverna de Platón, donde la ceguera es representada mediante la percepción de un mundo de sombras proyectadas en una pared o el deslumbramiento de quien sale de la caverna después de haber pasado su vida entera allí; la repentina ceguera blanca de Saramago, tal vez más angustiante que la oscuridad del imaginario común; o el mito según el cual, en plena batalla de Copenhague, en 1801, entre Inglaterra y la Liga de la Neutralidad Armada (Dinamarca, Rusia y Suecia), el tuerto Almirante británico Horatio Nelson consiguió la victoria tras ubicar en su ojo ciego el catalejo para ignorar la orden de retirada que su superior Hyde Parker le hacía mediante señas desde un barco cercano.

«Antes estudiaba en un colegio en Bosa, pero como quedaba tan lejos, me asignaron un colegio aquí en Suba, porque dizque me queda más cerca de la casa. —Comenta Michael su travesía por el intrincado sistema de transporte de Bogotá—Yo me demoro lo mismo porque no puedo coger bus, no se pueden contar las cuadras, no hay un punto de referencia para bajarse. Así que me toca coger transmilenio en la 127, bajar hasta la escuela militar, hacer transbordo, ir hasta la 77 y tomar un alimentador para luego bajarme en una parada que queda a cuatro cuadras de acá; vivo a media hora, pero me demoro la misma hora que me demoraba cuando tenía que ir a Bosa.» La vuelta que da Michael es, guardadas proporciones, equivalente a la que haría un marinero desorientado para cruzar del pacífico al atlántico por el sur del continente americano, en lugar de atravesar el canal de Panamá.

Michael estudia en uno de los colegios del distrito que cuenta con aulas integradas de ciegos y videntes; ninguno de sus profesores conoce el sistema Braille, pero el colegio cuenta con un aula de Tiflología y una especialista que brinda apoyo educativo para él y los demás estudiantes ciegos que acuden a la institución.

Fray Danilo, compañero de colegio de Michael, está en octavo. Le encantan las leyes. Vive con su padre cerca al colegio y en ocasiones lo acompaña a trabajar en la venta ambulante de golosinas en la ciudad. Tiene baja visión y hay que estar insistiéndole que saque su atril portátil en clase para que no se incline tanto sobre sus cuadernos, a veces le duele la espalda y su letra siempre está en desorden. A sus profesores, no hay cómo hacerles ver que cuando preparen una guía la impriman en caracteres más grandes para él, o que cuando escriban en el tablero lo hagan con letra grande y clara, así que su esfuerzo es doble. No será Apio Claudio, el censor romano célebre por sus discursos y porque aún después de ciego no dejó de gobernar con fuerza y “visión”, logrando construir uno de los primeros acueductos y la más importante calzada romana, pero probablemente logrará ser abogado.

Contrario a lo que se pueda pensar, los ciegos no son ajenos al deporte, aún el deporte de contacto: hay centros y ligas especializados en fútbol y Baloncesto para ciegos ¿Y cómo saben dónde está el balón? Suena, tiene un cascabel en su interior ¿Y la orientación en la cancha? Pura memoria corporal; una vez más, aprendizaje y práctica. Michael, por ejemplo, practica natación en el Centro Deportivo de Alto Rendimiento.

No es difícil que un bogotano promedio se tope con uno o más ciegos a la semana en el desarrollo de sus actividades cotidianas; casi conforme a las hipótesis del personaje de Sábato en su “Informe sobre ciegos”, se encuentran de manera imperceptible en cada rincón de la ciudad.

Uno de los más notorios quizá sea un hombre que diariamente se posa en la carrera séptima entre calles 18 y 19. No será el mismísimo Ray Charles, que revolcó el Rhythm & Blues, pero quien camine por allí, podrá detenerse a escuchar al anciano ciego que toca su acordeón vetusto, exhibiendo un cartel que dice “échele al embudito”, en una grotesca evocación citadina del maestro Leandro Díaz, compositor vallenato ciego de nacimiento. Grotesca, por la extravagancia de la escena, pero deslumbrante, dado el contraste del viejo con el frenético ritmo de oficinistas y vendedores que casi pasan por encima de su inmutable melodía.

En el Centro Internacional hay una pareja de loteros ciegos, que parecieran tener una misteriosa réplica en los alrededores del Carulla de la 85 con 15, quienes para disimular la evidente semejanza, no son loteros sino músicos; amenizan el lugar al son de una guitarra y en ocasiones se les ve discutir como cualquier pareja que en un momento desentona.

Bogotá tiene como éstos, cientos de ejemplos en cada rincón donde se mire: funcionarios de líneas de servicio al cliente, mecánicos, almacenistas, profesores, abogados, entre otros. Es común ver, por ejemplo, algunos funcionarios ciegos del INCI, recorriendo fácilmente, casi sin usar el bastón dada la memoria que han adquirido, las convulsas aceras de la carrera 13 entre calles 34 y 35, donde funciona la institución.

Hay centros e instituciones especializadas en enseñar orientación y movilidad para ciegos, como el Centro de Rehabilitación para el Adulto Ciego (CRAC), donde las PLV aprenden no sólo a manejar un bastón, sino a desenvolverse autónomamente por la ciudad. De hecho, algunas universidades, como la Pedagógica, tienen un examen de admisión diseñado especialmente para ellos, en el cual, además, se mide la pericia del aspirante para desenvolverse y reconocer un entorno urbano.

Algunas políticas urbanísticas de la ciudad han involucrado a la población con limitación visual en el diseño del espacio público. Si alguna vez se ha preguntado para qué sirven los adoquines con puntos en relieve que se extienden a lo largo de las aceras, sepa que están ahí para que el ciego reconozca los límites del andén o la división entre el espacio peatonal y la ciclorruta. Con zapatos comunes, se podrá percibir el relieve bajo los pies, y comprender inmediatamente por cuál sección del andén se está caminando.

No obstante las políticas adoptadas, el ciego tiene que enfrentar diariamente problemas que, por descuido o contradicción entre el decir y hacer de las administraciones de turno, se presentan de manera inesperada: Bolardos de presencia inexplicable, franjas punteadas que conducen a un bote de basura o a un hoyo donde solía haber un árbol, obras de reparación cuya señalización es para ver (caso de los senderos peatonales provisionales) y algunas que ni aún viendo dejan de ser laberínticas y peligrosas.

Además, suelen sumarse los prejuicios que van y vienen de videntes e invidentes, de los cuales el más común sea quizá el del “cieguito”, con el que se suele caer en subvalorar a los ciegos por su limitación; o al revés, un prejuicio con el que muchos ciegos esconden su resentimiento mediante actitudes pedantes y despectivas frente al resto de la sociedad. Este tipo de conductas corresponden más a ignorancia frente al proceso de desarrollo social de una PLV, que a malestares sociales verdaderos, originando complejos de uno y otro lado. Es común ver, por ejemplo, personas que al ver un ciego se escandalizan como si pasara ante ellos el judío errante con su peste del insomnio, o se abalanzan a “ayudarle con una monedita”, como si de un mendigo se tratase. Del otro lado, algunos ciegos, por vergüenza o falta de aceptación de su condición, prefieren depender de un acompañante (ojalá, mujer, con la estatura adecuada, voz dulce y un delicioso aroma), a desarrollar su autonomía mediante las herramientas de orientación y movilidad conocidas.

Que los ciegos pertenezcan o no a la Organización que investigó Fernando Vidal Olmos en el famoso “Informe sobre ciegos” es algo que sólo podrá aclararse mediante una investigación aún más exhaustiva y peligrosa que la que alcanzó aquel personaje. Lo cierto es que a ellos pertenece una percepción del mundo que para muchos resulta inquietante, y en Bogotá, la ciudad de los andenes mutantes, la caótica que de años para acá viene dando muestras de aparente organización, su presencia común evidencia un desenvolvimiento que durante décadas pareció presentarse como por un milagro. No quedará más que esperar mayores espacios de inclusión para ellos, o tal vez que la logia sea descubierta y muchos que, sin saberlo, estuvieron (¿estuvimos?) a su servicio, pierdan las escamas en los ojos y vean, por fin, los hilos que mueven el mundo.

* Poeta y periodista colombiano

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