Reportaje a Tía Conciencia


Dylia Cristo

Por Iván Beltrán Castillo

En el itinerario personal de un ser humano que tiene 83 años, que es brillante y tiene mucho más qué decir que las celebridades al uso, y que ha sufrido una gran metamorfosis en su percepción política, sus ideas y su concepción de la existencia, existe algo único, tan irrepetible como un milagro. Homenaje a una mujer carismática y moderna en el sentido más sublime de esa vituperada palabra.

Hacer un reportaje no es otra cosa que ponerle zancadilla al tiempo, encapsular los años en espléndidas palabras que restallan en la consciencia como fuegos artificiales y trampear al recuerdo, ese traficado género de la literatura, para que abandone su estado salvaje y se entregue del todo como una amante irrefrenable. Pero para lograr el hechizo se requiere de la activa colaboración de la “víctima” que, como lo hiciera la mítica y fiel Penélope, teje y desteje frente a su cronista el ovillo de sus calendarios. Personalmente siempre he creído que hacer uno de estos artilugios es obligar al asediado de turno para que regrese al lugar de sus pasiones públicas y secretas, a la luz de sus días esenciales o a la borrasca de sus dramas, como regresan siempre los homicidas al lugar del crimen.
Con Dylia Cristo, la tía Dylia para ser más exactos, el ritual fue deleitoso, lúdico y burbujeante, y ella acompañó cada estremecida evocación con un aguardiente de estampilla roja -el más aguerrido de todos-, y al que le ha sido fiel desde que se dio cuenta de que, como lo afirman los antioqueños, lo que no cura este líquido tesoro es dolencia irremediable, enfermedad mortal. Ocurrió un jueves plomizo, en su apartamento chapineruno, una de aquellas joyas de otros tiempos, cuando los ciudadanos no eran hacinados en viviendas tan pequeñas y sofocantes como avisperos; ámbito con espacios amplios y confortables por donde galopa la luz y al que acecha, a través de una gran ventana, la figura impetuosa de un árbol gigantesco como los baobabs que inundaban de esplendor y de ruina el diminuto asteroide del Principito, pero también con el aire contemplativo de un antiguo maestro Zen.
Dylía encarna las metamorfosis benévolas a las que puede acceder una conciencia cuando, a cambio de ortodoxias, rígidos preceptos morales, prejuicios y anatemas o palabras inertes como escandalosos pájaros disecados, se empeña en desentrañar el sentido profundo de los cambios y latidos del mundo, de la historia, de la vida social y del itinerario personal, de los colapsos políticos, las modas, los amores y de los hombres, pasajeros trémulos en viaje sin remedio hacia la eternidad. Tal vez por eso aún presenta la vitalidad de un maratonista y es capaz de recorrer Bogotá y Cundinamarca en su Volskwagen escarabajo modelo 62 color verde, cuya cabrilla gobierna con ímpetu.

FASE MITOLÓGICA
Tiene la nostalgia de los olivos, las palmas y los dátiles del oriente, aunque apenas lo haya visitado con la imaginación alerta, y el día que tenga la oportunidad de conocerlo lo hará como viajera, nunca, advierte de manera drástica, con los atavíos del folclórico y deleznable turista.
Su familia migró hacia Colombia porque en lejanas noches del Líbano -curioso país que aunque habla la lengua árabe no comparte la fe impetuosa del Corán -frente al incesante crepitar del fuego, viajeros utopistas y arrojados, les hablaron de una nación suramericana, tórrido paraíso donde la prolijidad de la tierra, la diversidad de los climas y cierta febrilidad laboral de los habitantes, convocaba bonanzas y dichas financieras. Allí en Beirut, una de las ciudades más hermosas de la Tierra, París de Oriente, la rutina era dura y en ocasiones había que velar para que a la casa no entrara la pobreza, hacer esfuerzos para llenar las despensas y alacenas y guardar meticulosamente los ahorros para las fiestas y los días especiales.
Curiosamente los padres de Dylia Cristo, la tía que protagoniza este relato, nunca se cruzaron por las calles de Beirut, y sería difícil averiguar ahora si el estampido romántico habría estallado de igual manera si se hubieran reconocido bajo el cielo de oriente, donde las estaciones son tenues y el verano en ocasiones llega a calentar el mar, quemar los árboles, fatigar a los animales hasta la agonía e incluso pulir las piedras con su ardorosa lengua dorada.
Se llamaban con nombres sonoros y hermosos como los que nutren Las mil y una noches: Juan Messiah y Safa Saldivia. Cada uno se embarcó a comienzos del siglo XX con su clan en un barco que navegó hasta entregarlos en el puerto venezolano de Maracaibo. Algunos meses después vino el encuentro que ambos consideraron glorioso. Juan y Safa se enamoraron al instante. Fue en la ardiente población de Cúcuta que ambos llevaban en la memoria tinturada con los piadosos colores de la dicha excepcional.
Juan Messiah era un trabajador insomne y supo que en una región de Colombia llamada Boyacá, singularmente parecida a los pueblos atormentados y melancólicos del sur de Italia como Eboli, con grandes rebaños de cabras y corderos, y con una vegetación de colores vivaces y frutos esplendorosos, la industria de las telas y los paños podría ser benéfica a quienes le consagran su existencia. Entonces frente a un mapa fijó su vista en un pueblito hoy casi imperceptible y de bello nombre precolombino: Soatá, que significa “labranza del sol”.
Pronto hubo en una de las principales calles de aquella población un almacén llamado Cristo- Vélez, fruto de una alianza de extranjeros que antes se habían apellidado Messiah y Férez.

DE LA MIEL A LA CENIZAPero la historia se insertó en la vida de Dylia Cristo y los suyos, con su carnaval de felonías, y convirtió a los antiguos Messiah –que ahora se apellidan Cristo, trastocando así la hermosa imagen del mensajero celestial por la del crucificado- en uno de los primeros clanes que tuvieron que desplazarse para preservar la vida. Fue durante los días olorosos a impunidad y pólvora que ahora los libros llaman la hegemonía conservadora.
Las noches eran largas y densas, y en ellas actuaban con obscena febrilidad los Chulavitas, hombres acostumbrados al cuchillo, posiblemente los primeros paramilitares, inolvidable ejército de asesinos, encargados de diseminar por el mapa nacional el dogma conservador. Sus crímenes y atropellos permanecen frescos en el recuerdo de la tía, así como la marcha que su clan debió hacer en 1948, pocas semanas después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, y que no fue otra cosa que una expropiación forzada. Se les había dado un ultimátun: O se iban del pueblo, de la región y del departamento o no vivirían para contarlo.
“Fuímos las primeras víctimas de la terrible historia colombiana. Y no es fácil olvidar las dificultades sin nombre que tuvimos luego de nuestro escape de Soatá para reconstruir la vida. El gran problema es que cuando te exilian una vez, llevas para siempre adentro la oscura sensación del despojo. Por suerte, en Bogotá habría de encontrar el amor y la dicha, al lado de Rafael Durán, abogado de profesión, gran cantante de tangos y boleros apaches y excelente bailarín, quién fuera mi esposo durante más de cuarenta años. Ser feliz en un país infeliz es una cosa muy rara, hasta un poco misteriosa, e incluso a veces te puedes sentir culpable de tu felicidad. Yo he vivido todas las violencias, menos la violencia de la desilusión. Lo que desarrolla al mundo no es la política sino el amor”, afirma la tía Dylia, y relata, con una calidez cercana a la lírica, el encuentro y travesía vital con el hombre de su vida, gracias al influjo y la irremediable liberalidad de Dylia, terminó teniendo creencias y convicciones más cercanas a los grandes reformadores de la historia que a los incansables propagandistas de la tradición.
Cada uno de los episodios que el acontecer fue poniendo en escena, a veces sorpresivos, inesperados y desconsoladores, y sólo milagrosamente gratificantes, ruedan ahora en la memoria de la entrevistada, mientras se bebe un aguardiente cómplice que toma el rol de un veterano exorcista.
Nunca, dice, pudo ser sencillamente un ama de casa, aunque cultivó delicadamente todos los ritos del hogar, esas ceremonias que borran la dureza de las calles y que, cuando se las fomenta terminan por repetir afuera los exactos pálpitos del corazón. Alguna vez empezó a estudiar modistería, pero aquel oficio de mujeres extremadamente sencillas, dulces como personajes teatrales de Federico García Lorca, no expresaba su coraje interior, ni traducía las inquietudes ni búsquedas e interrogantes que le acompañaban. En cambio, se convirtió en profesora de español y el abstruso derecho que practicaba su marido cotidianamente, le fue ganando y se transformó en una indómita pasión. Gracias a ella, Rafael Durán se independizó un día: después de haber fungido por años como Juez de instrucción, puso una oficina, donde Dylia se convirtió en el la orquestadora y la aliada impetuosa. Llegó a saber tanto de códigos y leyes, de formulaciones y embelecos legales, que hasta mantenía discusiones de criterio con su compañero. De ahí que, en su último cumpleaños, sus sobrinos y parientes le hayan regalado un simbólico título de profesional del Derecho, considerando que ella se lo merece más que la mayoría de los que llegan a graduarse en las universidades.
La otra gran pasión que también le inoculó a su esposo y cuyos benefactores son hoy por hoy sus sobrinos, fue trotar por el mundo, conocer diversos paisajes, tratar de hallar las claves de la identidad de las ciudades y en las noches forasteras cerrar los ojos para sentir su latido profundo. Ha viajado por una treintena de países y cree que todavía le queda espacio libre en la bitácora.
Dylia Cristo recuerda a los presidentes que uno tras otro fueron desilusionado al país, a los artistas que estaban de moda un día y al siguiente eran condenados al olvido, desde la metafísica tanguera de Carlos Gardel hasta la teología ranchera de José Alfredo Jiménez. Evoca las modas que llegaban a nosotros de los remotos centros del buen gusto y el impostado glamur, los cambios drásticos de la ciudad de Bogotá, y específicamente de su Chapinero de siempre, donde ha vivido ininterrumpidamente por más de cincuenta años; y puede retomar con la memoria las guerras insomnes que llegaron a nosotros convertidas en falacias de prensa, los crímenes, los parricidios, los pactos y las falsas pacificaciones que no fueron sino un ejercicio preparatorio para inaugurar otras guerras.
Ahora, ella dice que los únicos políticos dignos de no borrarse con la saña de los días, son Alfonso López Pumarejo –por su primera presidencia donde el adelanto social fue notable-, y claro, Jorge Eliécer Gaitán quien “era el amigo del pueblo y, como es lógico, no lo quisieron mucho los amigos de la oligarquía. El buscó el tono, el temperamento, la puntuación, la pronunciación y el énfasis que abrazara a los desheredados y los contagió de repentina esperanza; fue como un sendero que, por siempre cerrado, se abre de un momento a otro dejándonos ver un espléndido horizonte. Por eso lo mataron. Los ricos avasallaron ayer, y seguirán avasallando mañana y como en la cita bíblica muy poco les quedará del paraíso”.
Se queda un instante evocando la imagen de Gaitán y agrega: “Su discurso era incendiario, oponía a los ricos contra los pobres permanentemente, eso era muy peligroso, pero seis décadas después me doy cuenta de que tenía razón”.
Los cambios de su temperamento y su perfil político quedan bien expresados en sus admiraciones ideológicas, que han cambiado tanto como las avenidas y las iglesias de su urbe, aunque siempre ha tomado sin concesiones partido por la honestidad. Fue seguidora de la figura inclemente de Carlos Lleras Restrepo, porque, según ella, estaba obsesionado con la Reforma Agraria y la fundación de institutos que dieran nuevos aires al pueblo; fue una liberal reflexiva hasta que notó la gran apetencia de los miembros de este grupo por los negocios y se hizo partidaria febril de Luis Carlos Galán, por advertir en él una rectitud sin discusión que lo llevaría a la tumba. Anota que el día de este magnicidio ocurrido en Soacha, lloró junto con su esposo adepto al partido conservador ante tan devastadora noticia. Y posteriormente –colofón asombroso- votó la primera vez por Álvaro Uribe Vélez, para atestiguar cómo se desportilla un sueño hasta convertirse en una piltrafa, una momia, un cadáver.
Y entonces señala divertida: “Hoy por hoy creo que Uribe es el presidente más anti-erótico de esta patria boba y además es el único de ellos que no ha tenido para nada sentido del humor, pues nunca se le han inventado chistes de salón, lo cual habla muy mal de esta figura temeraria”.
Luego afirma, con palabras libres, que se ironizan con una leve sonrisa: “Los gobiernos anteriores respetaron los poderes. No se debe descargar la cólera ante un pueblo atemorizado por la violencia. Lástima que en el caso del presidente Uribe el rencor haya vencido a la reflexión. Es así como se endurecen los corazones hasta adquirir el rigor de la piedra. Y el presidente cambia la agenda de Colombia cada vez que lo persigue la alternativa de la derrota”.
Investida por la claridad que le ha donado la desilusión de los últimos seis años, cuando, después de haber creído en el consenso, se dio cuenta de que la democracia es también un espejismo, la tía Dylia Cristo se convirtió en admiradora de un socialismo ético –como le ocurriera a la madre de Gorki y a la madre Coraje de Bertold Brecht. Los golpes prosaicos de la realidad, y una aguzada percepción de los entretelones de nuestra comedia nacional, han trastocado sus gustos hasta el extremo de la metamorfosis, para afincarla en un humanismo a ultranza.
Como retaliación subjetiva en la actualidad es admiradora de Carlos Gaviria Díaz –presidente del Polo Democrático Alternativo- y, sobre todo, del lúcido e infatigable senador Jorge Enrique Robledo, al que considera sin más “Una caja de música… una inteligencia acorralada.”
Recorre los pasillos de su edificio con fotocopias de todas las denuncias que se hacen al actual estado de cosas, y las desliza por debajo de los apartamentos vecinos, como una nueva jovencita rebelde del mayo del 68.
Al despuntar la entrevista, y como un homenaje a este mujer capaz de ser permeada por la realidad, la puse sorpresivamente en comunicación telefónica con el senador Robledo. Pensaba que ella, su seguidora, agonizaría de felicidad al escucharlo. Y no fue así, pues aunque lo saludo con fervor, pasó a propinarle una cariñoso regaño, convencida de saber lo que estaba diciendo, como sabe todo lo que dice después de haber vivido 83 años intensamente: “Usted es muy bueno, senador… ha convertido las matemáticas en política, quiero decirle que no me pierdo ninguno de sus debates, pero habla demasiado rápido… no corra tanto… con esa prisa no vamos a poder desviar la historia…”

Publicado en 2008

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