Volpi contra Gabo

(Franco Volpi)
Se encuentra en Colombia, para hostigar las buenas conciencias y vapulear el sacrosanto edificio de la cultura, minado de falacias y de intereses creados, Franco Volpi, el gran filósofo italiano, traductor de Ser y Tiempo de Martin Hiedegger, y un pensador capaz de sensualizar como pocos la historia de nuestras inquisiciones metafísicas. En la siguiente entrevista, realizada por el poeta colombiano Gonzalo Márquez Cristo, cuya versión completa sale publicada en el último número de la revista Común Presencia (que será próximamente lanzada con la participación especial del famoso pensador), Volpi el bueno, como le dicen algunos, enfila baterías contra el fomentado positivismo, contra la nueva, banal efigie de la institución universitaria, analiza la funesta adhesión de Heidegger al Nazismo y, lo que resulta más inquietante, lanza un inobjetable reparo contra la última novela de Gabriel García Márquez. Lo anterior resulta significativo, en un país que ha convertido a su Nobel en una reliquia intocable, y porque la disidencia no viene de algún escritor post-boom de pastiches policíacos, sino de un pensador de talla planetaria.
Volpi es Profesor titular de filosofía en la universidad de Padua y Standing Visiting Professor en la de Staffordshire (Inglaterra) y ha enseñado en otras importantes universidades europeas y americanas. Becario de la Fundación Alexander von Humboldt, miembro de la Academia Olímpica y del Istituto Veneto di Scienze, Lettere e Arti. Ha sido galardonado con los premios literarios «Montecchio» (1989), «Capo Circeo» (1997) y «Nietzsche» (2000). Entre sus publicaciones en español, además de sus valiosas ediciones de Schopenhauer, Heidegger, Carl Schmitt y Nicolás Gómez Dávila, se encuentran: El solitario de Dios, El nihilismo (2007), y El dios de los ácidos -conversaciones con Albert Hofmann. Escribe para los diarios la Repubblica, Frankfurter Allgemeine Zeitung y para la revista semanal Panorama.
Polémico encuentro con un gran icono de la filosofía occidental.


Gonzalo Márquez Cristo: Usted fue galardonado con el Premio Nietzsche y además fue recientemente elegido para celebrar en el lago de Silvaplana –tan caro al genial filósofo alemán– el deslumbrante acontecimiento de la filosofía conocido como el Eterno Retorno de lo Mismo…


Franco Volpi: Nietzsche es un escritor y pensador sin par. No sólo por la calidad estética y la profundidad teórica de su obra, sino porque registró, como un sismógrafo sensible, las convulsiones de nuestra época. La crisis de los valores, el agotamiento de los ideales de la tradición vetero-europea y la «muerte de Dios». La búsqueda de nuevos recursos simbólicos y otros fenómenos culturales, encuentran en sus escritos un primer análisis. Por eso Nietzsche ha proyectado su sombra sobre la cultura contemporánea y no ha dejado de atormentar la auto-comprensión de nuestro tiempo, suscitando entusiasmos y atrayendo anatemas, inspirando posturas, estilos y modas culturales, pero provocando al mismo tiempo reacciones y rechazos radicales. Nietzsche es uno de aquellos escasos pensadores de los que no podríamos decir que son verdaderos o falsos, sino que están vivos o muertos. «Miro a veces mi mano» escribe en el medio de su exaltación «y pienso que tengo en la mano el destino de la humanidad: lo divido invisiblemente en dos partes, antes de mí, después de mí». Fue un magnífico profeta, y sigue estando vivo en nuestros días, más que nunca.

María Zambrano afirmó que una cultura depende de la calidad de sus dioses. Si evocamos el lamento de Heidegger «dos mil años sin un solo dios», ¿es pertinente afirmar que este arrasamiento imaginario ya nunca podrá recobrar su tiempo luminoso?
Lo particular de la crítica de Nietzsche, corrosiva y disolvente, es que no fue mera descripción, sino que contribuyó a acelerar el estado de crisis que describía y que, en cuanto «maestro de sospecha», hizo difícil construir y edificar nuevas certidumbres después de él. El resultado es conocido: es el «desierto que avanza», el agigantamiento de la sombra de lo que él llama «nihilismo», la época de los dioses huidos y del nuevo dios que aún no se vislumbra en el horizonte.

Hegel, Nietzsche, Foucault y Derrida presagiaron el fin del hombre, como concepto, como sujeto filosófico. Dado que el superhombre no se vislumbra en ninguna latitud, ¿quizá estamos condenados a un mundo de sub-hombres como pensaba Camus?
Cuando Dios muere, el hombre se animaliza. El problema aparece en el Divino Marqués de Sade con toda su crudeza. Su disoluta obra representa la más coherente antropología negativa, es decir, la tentativa más drástica de imaginar un mundo completamente desposeído de Dios. El mundo de la extrema finitud. Abandonemos entonces las ilusiones: el hombre es un animal que a veces imagina ser hombre.

¿Conoció a Derrida? Podría hacernos un breve retrato…
Derrida era un grand seigneur. Una figura noble. Lo conocí bastante bien en la fiesta de sus sesenta años, en el castillo de Cerisy-la-Salle. Me había invitado para hablar en torno a las traducciones de Heidegger. Empezamos una larga conversación y me di cuenta de algo que en sus escritos no se percibe tan claramente como en la discusión, es decir, que era un lector muy agudo y preciso, atento a todos los matices y los pliegues de un texto. Desde entonces leo sus escritos de manera completamente distinta. Lo escuché por última vez en Niza, donde en aquella época yo enseñaba; dictó una lección magistral sobre Husserl y sus conocidas conferencias de Viena y Praga: La crisis de la ciencias europeas. Con inimitable soberanía mostró que el «heroísmo de la razón», que Husserl reivindica en el gran final de sus conferencias para salvar a Europa de la crisis, está basado sobre un fundamento irracional.

Usted es uno de los más reconocidos especialistas en Heidegger. Ha traducido al italiano Ser y tiempo, su deslumbrante Nietzsche y los difíciles Aportes a la filosofía. ¿Cómo puede explicar la vinculación del mayor filósofo del siglo XX con el nacional-socialismo?
Heidegger ha sido el más más grande pensador alemán contemporáneo, y el nacional-socialismo el más trágico totalitarismo del siglo XX. Ese es el problema. ¿Por qué razón una inteligencia tan aguda apoyó una ideología tan bárbara? La coincidencia manifiesta un absurdo incomprensible y el obstinado silencio del maestro teutónico después de la Guerra resulta aún más problemático. Otra vez: ¿cómo pudo el nacional-socialismo atraer en el remolino demónico de su poder a una mente tan sutil? ¿Y por qué Heidegger hizo espacio en sus discursos a conceptos como «pueblo» y «raza»?
Es que a veces los pensamientos abstractos de los filósofos tienen roce con asuntos peligrosos, y se posan donde no deberían. El caso Heidegger es un ejemplo evidente de la complicada boda mística entre filosofía y política. Heidegger pretendió en aquellos turbulentos años ilustrar a Alemania y cultivó la ilusión de llevar la filosofía en el corazón mismo del poder, pero obtuvo lo inverso. Sin embargo, como dijo Leo Strauss, filósofo de la política, judío emigrado a los Estados Unidos: «Here is the great trouble: the only great thinker in our time is Heidegger» (El verdadero problema es que Heidegger es el único gran pensador de nuestro tiempo). Quiere decir que la filosofía contemporánea está en una gran miseria política. Y que por eso debemos plantear la cuestión: ¿cómo es posible, hoy, reconciliar filosofía y política después de que «el único gran pensador de nuestro tiempo» las disoció tan traumáticamente?

Después de haber traducido a Gómez Dávila y de diversos viajes a Colombia, ¿qué imagen tiene de este país cuya belleza florece siempre al pie del precipicio?
Es un país donde hay gente maravillosa, fantasía, humor, una increíble e inagotable capacidad de improvisar y crear. Donde todo acontece y se vive de manera intensa, extrema, en el bien como en el mal. Un país con potencialidades inexplotadas pero también con contradicciones estridentes que reclaman una solución.

En un artículo titulado «Pornosofía», publicado en una importante revista italiana, se refiere a la pedofilia promulgada en la última novela de García Márquez Memoria de mis putas tristes. ¿Por qué se ha cerrado un silencio al respecto? ¿La hermosa novela de Kawabata que la antecedió (La casa de las bellas durmientes) descentró a la crítica de su acucioso ejercicio valorativo?
Leyendo el incipit de la novela de García Márquez aparece en toda evidencia una contradicción. En el día de sus noventa años el protagonista quiere regalarse una noche de amor loco con una virgen adolescente, y gracias a la dueña de un burdel logra satisfacer su indecente apetito. ¿Pedofilia? ¿Pornografía? Por supuesto que no, si es un Premio Nobel quien está escribiendo. Gabo añade además a un cierto punto de la novela un juicio perentorio: «El sexo es la consolación que queda cuando somos incapaces de amar». El sexo –podríamos añadir– no resuelve ni siquiera los problemas sexuales. Sin embargo, ¿por qué permitimos al gran escritor imaginar que un viejo compre una niña virgen? No es acaso que su novela divulga una ficción pedofilo-pornográfica que lamentablemente la vida se encarga a menudo de traducir en realidad? ¿En cuál esquizofrenia vive una sociedad que por un lado pretende que se cierren páginas obscenas en la Red, pero por otro lado acepta que un poderoso multiplicador cultural como la novela de un Premio Nobel propague lo mismo? Ni prédicas ni moralismo, por favor, pero planteémonos el problema, eso sí.

Usted habla ocho idiomas, escribe libremente en cuatro de ellos y lee en otros dos. Steiner propone que el lenguaje materno es aquel que usamos cuando la muerte nos asalta y lo ejemplifica con un accidente, seguro de que la exclamación que se profiere en un evento extremo revela el idioma más profundo de todo ser humano. ¿Cree que existen pensamientos o sensaciones qué sólo podría fijar en su lengua materna?
Es raro, pero no es tan sólo la lengua materna que ocupa algunas experiencias con exclusividad, sino también otros idiomas en los que me he formado. Hay vivencias que podría expresar mejor en francés que en cualquier otro idioma, habiéndolas vivido originalmente en esa lengua, otras que sabría decirlas mejor en alemán. En los sueños lo mismo: a veces sueño en un idioma, a veces en otro. Algunas pocas cosas puedo decirlas tan sólo en la lengua cervantina. Y en cuanto a la Dama Muerte, puedo decir que desconozco su lengua legítima, a pesar de los indicios que me lega lo poético.

En su tratado sobre el Nihilismo, recientemente publicado en español por Siruela, rastrea el origen de su concepción filosófica. «El huésped inquietante» como lo denominaba Nietzsche, o «el único camino que lleva al hombre a establecerse en la quimera» como lo describía Jean Dubuffet, ha sido fundamento filosófico incuestionable. ¿Debemos indagar las fuerzas germinativas del nihilismo, seguros del radiante camino que sucederá a este tiempo en que los valores supremos desaparecieron?
Hoy se habla a menudo de «pérdida del centro», «desvalorización de los valores», «crisis de sentido»: esta terminología negativa que floreció con el nihilismo indica que no disponemos más de un punto arquímedeo –ni la religión ni el mito, ni el arte, ni siquiera la ciencia– sobre el cual haciendo palanca pudiéramos nuevamente dar un nombre al mundo, a la totalidad de lo que es. El nihilismo de nuestro tiempo ha engendrado una crisis de autodescripción. Nos avisa que estamos navegando a ciegas en los archipiélagos de la vida, el mundo y la historia. En el desencanto ya no hay brújula ni oriente, no hay más rutas ni trayectos ni mediciones preexistentes utilizables, ni tampoco metas preestablecidas a las que podríamos arribar. El nihilismo ha carcomido las verdades y debilitado las religiones, pero también ha disuelto los dogmatismos y las ideologías, enseñándonos a mantener aquella razonable prudencia del pensamiento, aquella actitud oblicua y prudente, que nos vuelve capaces de navegar entre los escollos del mar de la precariedad, en la travesía del devenir, en la transición de una cultura a la otra, en la negociación entre un grupo de intereses y otro. Después de la caída de lo Absoluto y la entrada en el mundo moderno de la secularización, después de la corrupción del reino de la legitimidad y del tránsito al territorio de la convención, mi filosofía es una filosofía de Penélope que deshace incesantemente su tela, porque no sabe si Ulises retornará.

(Entrevista realizada por Gonzalo Márquez Cristo)
(Fotografía de Volpi: Indira Restrepo)

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada