“Yo soy otro”: Película

Por Fabio Martínez

Escritor colombiano

El cine colombiano, a excepción de unos cuantos filmes, ha estado marcado en los últimos años por un realismo crudo que funciona, frente a nuestra brutal sociedad, como un doble juego de espejos. Verbigracia, mencionemos La virgen de los sicarios, Rosario Tijeras, El Rey y Perro come perro. Todos estas cintas hacen parte de la nueva ola de la cinematografía sicariesca del país.

Esta situación tan atractiva para los jóvenes cineastas, no lo es, sin embargo, para el documentalista caleño Óscar Campo quien se hizo conocer por sus trabajos como EL ángel subterráneo y El proyecto del diablo, y fue uno de los pioneros del programa de televisión regional Rostros Rastros.

Con Yo soy otro (un título rimbaudiano por excelencia), el cineasta caleño le apuesta al cine colombiano con una película de corte fantástico.

A partir de la pregunta ontológica: “¿Quiénes somos?” que se hace el protagonista de la historia encarnado en el excelente actor Héctor García, el personaje va a sufrir una serie de desarreglos físicos y psíquicos que lo llevan a un estado de desquiciamiento total.

En medio de una ciudad caótica y desenfrenada dominada por la violencia de los grupos al margen de la ley, el protagonista verá desfilar en su imaginación el rostro de sus dobles complementarios.

Imagen atroz que lo conduce a pensar que él también puede ser el otro. Él, como sus dobles, es el responsable del estado de caos permanente. Él, como la sociedad en su conjunto, está contagiado por una extraña enfermedad cuya causa principal tiene el nombre de la violencia.

El trabajo de Óscar Campo es arriesgado, y él lo sabe. Como cineasta independiente que ha sido, el director caleño decidió elegir el género ensayo-fantástico, quizás para diferenciarse y tomar distancias con el realismo viceralista en que ha caído el cine colombiano de los últimos años.

Pero el ensayo, como lo sabemos desde Montaigne, se construye a partir del error. O, para decirlo en otras palabras, nace del errar, en el sentido doble de la palabra. Esto lo sabe Campo, pero no le importa que su película no se ajuste al guión estandarizado ‘made in Colombia’ donde los victimarios son los reyes de la historia. Tampoco le interesa contarla de una manera plana y lineal ‘made in Hollywood’ sino que haciendo uso de la técnica del video clip construye un mundo vertiginoso lleno de imágenes bellas y oscuras que se yuxtaponen entre sí.

La técnica del video clip en el cine rompe el eje argumentativo del relato, poniendo en cuestión el juego espacio-temporal, para finalmente hacer aparecer la historia en un eterno presente donde se disparan imágenes desde todos los ángulos.

La narración en off, omnisciente y todopoderosa, que atraviesa la película de principio a fin, tiene la virtud de potenciar la imagen y congelarla in situ para crear así la metáfora visual. Aquí la imagen ya no es subsidiaria de la historia como sucede en el cine convencional, sino que se convierte en imagen pura y estética.

A pesar de estos riesgos deliberados -justamente en esto consiste el cine-ensayo (recordemos Tres coronas del marinero del chileno-francés Raúl Ruiz y Un condenado a muerte se escapa del francés Robert Bresson)-, la película de Campo es sublime en sus imágenes exquisitas, que son garantizadas gracias a un casting excelente donde se destacan Héctor García, Jenny Navarrete y Gabriel Uribe; a una fotografía impecable realizada por Juan Cristóbal Cobo; y a una música fina compuesta por Alejandro Ramírez y Juan Pablo Carrascal (La Fábrica).

En un país donde la realidad es más avasalladora que la ficción, la película de Óscar Campo puede aparecer como rara y extraña -como su protagonista- pues, a decir de los críticos oficiales, no se ajusta al “canon” cinematográfico actual.

Pero, acaso, ¿nuestra realidad no es rara y extraña?

Justamente, por ser rara y extraña a nuestros ojos, Yo soy otro es una película valiosa que pasará a la historia del cine colombiano. Amén de que rompe con el realismo crudo al que estamos acostumbrados en el país (recordemos que Colombia es pasión) y separa aguas con el unanimismo ético y estético nacional.

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