Entrevista con Gabriel Jaime Franco

La poesía no es un lujo para iluminados”

El XVIII Festival Internacional de Poesía de Medellín, que se desarrollará del 5 al 12 de julio, es sin duda uno de los más trascendentales eventos culturales de Colombia: Masivo, incluyente, capaz de modificar la conciencia de una ciudad. Todos los ritos que en él se escenifican son multitudinarios y de carácter gratuito, en contraste con otros certámenes donde el invitado principal es el negocio, y donde se percibe una creciente y melancólica farandulización.

Gabrie Jaime Franco es su Codirector, y tiene una visión inquietante, particular de nuestras esperanzas y nuestra herida. Nacido en Medellín en 1955, autor de los libros En la ruta del día, La Tierra de sal y Reaprendizaje del alfabeto, es Codirector también de la revista de poesía Prometeo, y un convencido de que la imaginación será la abanderada de nuestra extraviada identidad.

Siempre que regresa el Festival de Poesía renace una suerte de liberadora energía, a pesar de que la psique del país es desalentadora. ¿Qué puede hacer el poeta –tanto el que escribe como el que lee- para que esta rebelión se exprese en formas espléndidas y definitivas? ¿Se puede soñar con que la poesía asuma nuevos papeles, adquiera nuevos rostros y tome la delantera de nuestra contemporaneidad?

Creo en primer término que esos nuevos papeles ya han sido asumidos por algunos poetas. No por todos, lamentablemente, pero como decía Paul Eluard, “ha llegado el momento en que todos los poetas tienen el derecho y el deber de afirmar que están profundamente sumergidos en la vida de los demás hombres, en la vida común...” Resalto la palabra “deber” aquí porque, como ustedes dicen, “la psique del país es desalentadora”. Respecto a lo que puede (y debe) hacer el poeta, tanto el que lee como el que escribe, es, primero, no desfallecer, y ser indeclinable con su múltiple compromiso: con la verdad, con la belleza, con la tradición poética y con los hombres y mujeres que le dan sentido a su creación. Esos compromisos están plagados de amenazas, la primera de las cuales está al interior de los poetas mismos: la deformación o las tentaciones del ego, que abundan. También decía Eluard que “la poesía verdadera está incluida en todo lo que no se conforma con esta moral, con una moral que para mantener su orden, su prestigio, no sabe hacer otra cosa que construir bancos, cuarteles, prisiones, iglesias y prostíbulos”. Otra obligación ineludible del poeta es estar en guardia frente a esa moral perversa.

¿Cómo se explica la extraordinaria concurrencia a las lecturas de poesía programadas por el Festival de Medellín? ¿Es la respuesta multitudinaria de la gente y del arte a la violencia que se engendró en sus calles?

Es muy difícil dar una explicación completa sobre ese fenómeno de la masiva asistencia a las lecturas de poesía del Festival. Por supuesto, en el caso de Medellín se trata sin duda de una forma de resistencia civil. Aunque suene a aritmética elemental, creo que la necesidad de luz en los hombres es directamente proporcional a la cantidad de sombra que les ha sido arrojada, pero no es sólo eso lo que puede explicar la sorprendente asistencia a los recitales. ¿Por qué razón excluir que hay efectivamente amor por la poesía? ¿Por qué esa tendencia a creer que la poesía es un privilegio reservado a seres iluminados por una suerte de gracia? Hay mucho de desprecio por el hombre en ese tipo de pensamiento, y en el fondo una profunda desconfianza en el poder y la necesidad de la belleza.

¿Por qué el Festival de poesía de Medellín tiene unos detractores que no desperdician oportunidad para lanzar sobre él una suerte de duda obsesiva? ¿No es extraño que estos emisarios provengan, paradó-jicamente del mundo de la cultura?

También vienen del mundo de la política y de los medios. Y no, no es extraño, aunque duele. No se olviden que también el establecimiento, es decir, aquel que para defender su moral no sabe otra cosa que construir bancos y prostíbulos, para volver a las palabras de Eluard, tiene sus propios emisarios entre la intelectualidad y los creadores. Basta para ello leer a los columnistas de El Tiempo, o soportar nuestros noticieros, o leer, cuando se deja, Arquitrave. Algunos son verdaderos paraintelectuales, en el riguroso sentido del término. Y no se trata de críticos, que son siempre bienvenidos si actúan de buena fe. Se trata de enemigos que actúan como la política de Seguridad Democrática: tratando de eliminar al que consideran como su adversario; y en Colombia, gracias a un perverso maniqueísmo y a la férrea voluntad de los medios de que todos pensemos como ellos (algunos ni piensan, pues no son sino ventrílocuos palaciegos), es fácil terminar en ser enemigos de seres a los que ni siquiera hemos visto. Hay otras razones para tener detractores: la bajeza moral, por ejemplo; la persistencia de una ética que no consulta ni las más elementales consecuencias de una acción. Y también: las naturales bajas pasiones (celos, envidia, rencor ante los logros del otro, etc.), que, hay que decirlo, también abundan en el mundillo y el circo literario.

¿Qué lectura podemos darle a la reciente condecoración otorgada por el Congreso al Festival? ¿Debe este cuidarse de una estratagema para amansarlo mediante la vía del halago y la fama?

Ya ha habido algunas lecturas, y ustedes incluso publicaron la carta que a propósito del tema escribiera el poeta Álvaro Marín. Respecto a si debemos cuidarnos de una estratagema para amansarnos, no, no debemos cuidarnos más de lo que ya nos hemos cuidado. Tenemos toda la claridad al respecto. No hay, no habrá manera de que nos coopten. Si una virtud tiene la condecoración del Congreso es que ésta viene como una iniciativa de miembros de la bancada del Polo Democrático, y en las actuales condiciones del país, constituye un blindaje para el festival y para sus directivos. Y la ley que ese mismo Congreso aprobó de declarar al Festival Internacional de Poesía de Medellín como patrimonio cultural y artístico de la Nación, que tanto urticó a Juan Manuel Roca y que sigue pendiente de sanción presidencial, tiene una virtud adicional: aunque en Colombia las leyes son algunas veces de uso discrecional del Ejecutivo, la existencia de la ley implica que los apoyos ya no dependerán de la voluntad política de ningún presidente ni de ningún ministro. La ley que declara Patrimonio Cultural y Artístico de la Nación al Festival es sin duda un triunfo de la oposición sobre un ejecutivo que tiene por la cultura el más alto grado de desprecio que se haya visto en los últimos años.

¿Han cambiado las cosas a partir de la obtención del Nobel alternativo?

Es fundamental decir que no ha cambiado el pensamiento de los directivos del Festival. El premio aumenta y apuntala el prestigio y la importancia del evento, que fue el premiado, y ese es un cambio positivo. Tampoco ha cambiado nuestra situación financiera para boba alegría de aquellos que creen que somos unos potentados.

El cubrimiento que los grandes medios de comunicación hacen del Festival es magro. ¿Se trata de un cinturón de ignorancia de los mass media, o del reconocimiento de la peligrosidad de la cultura?

Se trata, curiosamente, de las dos cosas. Si existe un “sector” que en Colombia deba ser alfabetizado, es la dirigencia, incluida casi toda la clase empresarial y la clase política. “Nuestros” medios están dominados por esas “dos clases” (son una sola, esa misma que construye y fortalece bancos, cuarteles e iglesias –ojo con la base de Manta, ojo con la Conferencia Episcopal). Pero además, todos esos medios están dominados por el inmediatismo, la frivolidad, por una perniciosa, perversa, infame y casi delirante banalización de la vida. Pero hay que decir también que quienes son dueños y dirigen esos mass media no son estúpidos: ellos saben muy bien qué resaltan y qué no, y saben por qué: para ellos toda expansión de la conciencia constituye un peligro, y el arte y la poesía están, entre muchas otras cosas, precisamente para eso, para expandir los limites de nuestra conciencia y para correr hacia atrás las alambradas de la muerte, que en Colombia y en el mundo son hoy muy vastas y muy bastas.

La desprotección en que el Estado colombiano tiene a sus artistas nos obliga a delinear caminos de resistencia. ¿Estaría de acuerdo en que se fundara el sindicato de la imaginación?

Me faltan la imaginación y la inteligencia para soñar y pensar un sindicato de la imaginación, pues ya es difícil concebir a la imaginación creando aparatos organizados y con personería jurídica. El aparato ya existe. Es la poesía. Ahora, crearlo para que el “Estado colombiano” piense en la protección o desprotección de “sus” artistas, me parece un tanto desperdiciar nuestra fuerza y nuestra imaginación en tareas reivindicativas que este Estado no atenderá jamás. De lo que se trata es de crear otro tipo de Estado, y en acordarnos de que, aun en los peores tiempos, la labor del poeta -para rememorar a ese gran humanista que fue Albert Camus-, es mantener vivo, en tiempos de desgracia, “el recuerdo de los brezos”.

La desolación de su poesía, como una plegaria lanzada a un dios absconditus, ¿testimonia la convicción en una esperanza transformadora de la existencia?

Toda esperanza es trágica, testimonia un hueco, una ausencia, una fatalidad. La existencia de la esperanza es como la prueba “física” más clara de alguna desolación. Prefiero la palabra confianza, o la palabra certeza, que muestran con mayor claridad la ambición de justicia y, sin duda la seguridad de que ésta se realizará algún día en la Tierra. Mi poesía, si alguna tengo, es la hija de una insatisfacción. Básicamente he querido ser un “buen hombre”, o un “hombre bueno”, expresiones muy equívocas si se miran en el actual contexto nacional y mundial, en el que los malos somos aquellos que no nos conformamos con el actual estado de cosas. Ya se verá. No sé si “mi poesía” exista alguna vez. Yo ambiciono dejar algunos poemas, pero no me hago muchas ilusiones. Y me impresiona que para alguien “mi poesía” es desolada. Yo pensaba lo contrario: he querido señalar, o por lo menos no escamotear, una realidad que es claramente oprobiosa, e incluso teratólogica. El día que hagamos ese escamoteo, la realidad pasará sobre nosotros como un tsunami: sin importarle qué arrasa. Cuando el tsunami pase (si pasara) con su fuerza arrasadora, yo espero tener el valor de que mi mano se alce sobre su furia con el dedo pulgar asomando entre el índice y el anular. “Mi poesía”, si es que tal cosa existe, es incluso esperanzada, palabra a la que, como notarán, no le tengo mucha confianza.

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